Una milenaria nación en vías de extinción, los indígenas mentawai.
"En el corazón de Muara Siberut aún sobrevive una de los pueblos más antiguas de la civilización; con cerca de 3000 años de antigüedad, los mentawai u "hombres flor" son conocidos por su costumbre de ataviarse el pelo con flores de hibisco."
"Cuando subimos al ferry, el asombro nos invade, pues nuestra poco oída lengua en este país se hace eco entre españoles y argentinos, nos sentimos como si nos hubiésemos subido al metro de Madrid, inglés, algo de francés e indonesio, claro está. La gran mayoría de todas estos personas, se dirigen a la isla a practicar surfing, por lo que hoy es famosa Siberut".

Decenas de "speed boat" llegan a las costas de Muara Siberut, donde habita lo que posiblemente sea la última generación de la nación mentawai. Con más de 3000 años de antigüedad, estos escasos indígenas que quedan hoy aquí están perdiendo frente a la modernidad su forma y estilo de vida.

En un "pompon" (barca de madera artesanal), recorremos el río Oinan hasta el interior de las selvas del sur de Muara Siberut, donde todavía se puede apreciar la tradicional vida mentawai.

La selva, densa, espesa, salvaje, se contempla desde el "pompom". El sol se va alzando en la inmensidad de un cielo azul, donde algunas nubes navegan.

El río, caudaloso y serpenteante, tranquilo y pausado nos va mostrando las mágica selva de Muara Siberut, declarada reserva de la biosfera por la UNESCO.

El paisaje es impresionante, una gran gama de verdes y tierras, un perfecto reflejo de la vida en las aguas calmadas del sinuoso río Oinan.

Viejos, húmedos y enmohecidos troncos de banano y sagú conforman un complicado camino, el cual se camufla entre la frondosidad de la selva.

Poco antes de llegar, encontramos a una mujer mentawai, inusualmente vestida con ropa occidental, ya que en el interior, en los insuficientes asentamientos que quedan, los mentawai suelen ir con un trapo o faldas de hojas de sagú cubriendo únicamente sus genitales. Armada con un machete, astilla el tronco de una palma de sagú en busca de larvas de gusano.

El aroma que desprende el bosque tropical es muy plural, resinoso y dulzón, a tierra húmeda y vegetal, humo; apenas los rayos de sol pueden penetrar entre las densas copas de los distintos árboles.

Fabricada en su totalidad por madera de sagú y banano, hojas de sagú y bambú. La casa se alza cerca de metro y medio del suelo, lo cual la protege de la humedad y las épocas de monzón. Perfecta arquitectura.

Las casa mentawai están dividas en dos grandes espacios; el primero y más importante, asemejado a un porche, abierto, es el centro de la actividad social de la nación mentawai, donde se vive, se aprende, se comparte, se cuida a los enfermos, se realizan rituales y ceremonias...

En la parte más importante del hogar mentawai, tras una cacería o antes de alguna ceremonia significativa, pollos, cerdos, jabalíes, ciervos..., son sacrificados y sus espíritus invocados. Después, sus plumas y cráneos se cuelgan en el interior de esta estancia, ya que los indígenas mentawai creen que sus espíritus protegerán a quienes estén en su interior.

Son ya muy pocos los que habitan en el interior de las selvas. Ocultos, intentan conservar su tradición y cultura

Un parvo riachuelo bordea la casa, el Bat Dorogot, cuyas aguas son tan transparentes que parecen cristal.

La creencia esencial de los mentawai señala que cada ser vivo, animal o vegetal, tiene su propio espíritu; creen que el bosque es la morada de los espíritus de sus antepasados, los cuales protegen todas las plantas y animales, tratando con máximo respeto y sabiduría a la naturaleza. Todo lo que se coge de la naturaleza, ha de serle devuelto para así mantener un equilibrio en el mundo, valor clave para la conservación natural.

Otras pequeñas construcciones sirven a los mentawai para la cría de pollos y cerdos. Cada madrugada, Aman Manyano, nuestro anfitrión camina por el bosque tropical a soltar a sus pollos para que se alimenten libremente; con la caída del sol, los guarda para así protegerlos de los depredadores.

Algo de modernidad llegó al interior de la selva, una lámpara de gas ilumina la estancia principal. Un asombroso firmamento envuelve toda la selva.

Los momentos importantes dentro de la comunidad se celebran con danzas y cánticos, el sacrificio de un pollo o un cerdo se convierte en todo un ritual. Unas oraciones por el alma del animal la cuál en pocos momentos formará parte del bosque; todo ello con un único fin: que el mundo esté en paz, esté en equilibrio.

Hoy en día, la nación mentawai se ha visto obligada a vender su cultura a los turistas, los cuales sin respeto alguno, pagan desorbitadas cantidades de dinero por un baile o la caza de un mono con arco y puntas de flecha envenenadas.

Todos cuidan de todos, pero nadie cuida de ellos, nadie respeta sus creencias, amenazados por la policía y el ejército, son muchos los que mal viven en estas aldeas. Y, donde a escondidas del Estado siguen practicando sus costumbres y rituales, siguen cuidando de sus enfermos, intentan transmitir a las nuevas generaciones tradición y conocimiento.

El sentimiento mentawai, un sentimiento abstracto, de amor por la naturaleza y la vida, de conservacionismo y conocimiento, pero también un sentimiento de dolor y tristeza por el forzoso futuro para la nación mentawai. Narran con máximo dolor el fatal futuro que les espera, y los acontecimientos pasados y presente.

Desde la independencia de Indonesia y la creación de aldeas donde el Gobierno ha ido reubicando a los indígenas mentawai, una de las prohibiciones más destacadas es que no se les permite vestir con sus atuendos originales, tradicionales.

Los jóvenes mentawai están perdiendo el legado de toda una civilización. Viven en estas aldeas prefabricadas por el Gobierno y apenas tienen accesibilidad a puestos de trabajo; obnubiladas por la televisión, los teléfonos móviles, la era digital, el modernismo...

Las aldeas prefabricadas son irrisorias. Alzadas más menos un metro del suelo y de no más de unos 15 o 20 m², en madera y con un techo de chapa u hojas de sagú, sin puerta y bañadas por los humedales, en las cuales pueden vivir un mínimo de seis personas.

Lo que en su día seguramente fue una gran experiencia hacia tierras desconocidas, habitadas por una civilización milenaria, hoy en día es una excursión más de las que puedes realizar por todo el sudeste asiático, todo enfocado al entretenimiento del turista y al consumo, enseñando una realidad sesgada que quedará para los albores en tu muro de Facebook.

Olvidados, olvidando una larga historia de una de las naciones más antiguas de la raza humana...